El ejercicio del Perdón

ppEl tiempo del Adviento es una oportunidad para ejercitarnos en la espera. Pero no es una espera pasiva como alguien que sentado aguarda el futuro. Hay que disponer efectivamente el lugar del nacimiento de Cristo en la vida de los esposos y la familia.

Cada Adviento es la oportunidad de abrir el corazón a la llegada del “gran Perdón de Dios”. El nacimiento de Cristo manifiesta la reconciliación del Amor de Dios con nuestro egoísmo fruto del pecado. La Navidad en los esposos es el encuentro del Amor de Dios que, por el perdón, hace “nuevas todas las cosas”.

Los esposos pueden buscar una situación, un problema, una herida, un episodio en el que, al llegar la Navidad, Cristo entre para sanarlo.

Recordemos que para un “gran perdón” es necesario hacer este ejercicio en pequeñas situaciones que necesiten sanarse.

Les sugiero meditar un texto del Papa Francisco a partir del cual podemos buscar este gran don en lo cotidiano.

Aprender a pedir perdón (Papa Francisco)

padre misericoridoso«En la vida cometemos muchos errores, muchas equivocaciones. Los cometemos todos. Pero tal vez aquí hay alguien que jamás cometió un error. Levante la mano si hay alguien allí, una persona que jamás cometió un error. Todos cometemos errores. ¡Todos! Tal vez no hay un día en el que no cometemos algún error. La Biblia dice que el más justo peca siete veces al día. Y así cometemos errores… He aquí entonces la necesidad de usar esta sencilla palabra: «perdón». En general, cada uno de nosotros es propenso a acusar al otro y a justificarse a sí mismo. Esto comenzó con nuestro padre Adán, cuando Dios le preguntó: “Adán ¿tú has comido de aquel fruto?”. “¿Yo? ¡No! Es ella quien me lo dio”. Acusar al otro para no decir “disculpa”, “perdón”. Es una historia antigua. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres. Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir perdón. “Perdona si hoy levanté la voz”; “perdona si pasé sin saludar”; “perdona si llegué tarde”, “si esta semana estuve muy silencioso”, “si hablé demasiado sin nunca escuchar”; “perdona si me olvidé”; “perdona, estaba enfadado y me la tomé contigo”. Podemos decir muchos “perdón” al día. También así crece una familia cristiana. Todos sabemos que no existe la familia perfecta, y tampoco el marido perfecto, o la esposa perfecta. No hablemos de la suegra perfecta… Existimos nosotros, pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: no acabar jamás una jornada sin pedirse perdón, sin que la paz vuelva a nuestra casa, a nuestra familia. Es habitual reñir entre esposos, porque siempre hay algo, hemos reñido. Tal vez se hayan enfadado, tal vez voló un plato, pero por favor recuerden esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás! Esto es un secreto, un secreto para conservar el amor y para hacer las paces. No es necesario hacer un bello discurso. A veces un gesto así y… se crea la paz. Jamás acabar… porque si tú terminas el día sin hacer las paces, lo que tienes dentro, al día siguiente está frío y duro y es más difícil hacer las paces. Recuerden bien: ¡no terminar jamás el día sin hacer las paces! Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante. Cuando vienen a las audiencias o a misa aquí a Santa Marta los esposos ancianos que celebran el 50° aniversario, les pregunto: «¿Quién soportó a quién?» ¡Es hermoso esto! Todos se miran, me miran, y me dicen: «¡Los dos!» Y esto es hermoso. Esto es un hermoso testimonio».

En el perdonar y ser perdonado hay una conciencia de que las propias limitaciones, los defectos, el egoísmo lastiman al cónyuge. En todo matrimonio habrá algún desencuentro de mayor o menor calibre que necesiten reparación. Perdonar al cónyuge es posible en la medida que cada uno renuncie a la tentación de sentirse superior al otro.

El “punto de referencia” del perdón no está en nosotros. El perdonar nunca es el fruto de la “bondad propia”. Es una “medida dada”, a la que se tiene que responder con la misma generosidad del “Don”: “con la medida que midan serán medidos”. Esta “fuente” del perdón es el Padre Misericordioso. Y en la medida que se haga la experiencia del perdón de Dios será posible que los cónyuges se perdonen.

Vale la pena recordar la parábola del servidor despiadado a quien se le perdonó una gran deuda y no supo hacer lo mismo con su hermano. de Mt. 18, 21-35. Se encuentra en el contexto de la pregunta que Pedro hace a Jesús: “¿Señor cuantas veces tendré que perdonar a mi prójimo?” Después de decirle que hasta setenta veces siete, ilustra el perdón con ésta parábola.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?”. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

Perdoname, Imagenes y Tarjetas 13El perdón tiene su fuente en la misericordia de Dios, nuestra deuda es infinita y es perdonada y redimida. La dificultad fundamental en el matrimonio, para crecer en el amor, radica en la actitud del servidor inhumano, no ser consecuentes con la dimensión del perdón recibido. El reproche es justo: ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? El cónyuge es el que espera ser perdonado de su deuda, el camino del perdón es la epifanía de Dios.

Les propongo a continuación un ejercicio práctico para preparar la Navidad por el camino del perdón. Lo pueden hacer durante el tiempo que crean conveniente, no menos de una semana, pero que, previo a la Navidad puedan dedicar un espacio, un tiempo para un diálogo sincero y abierto.

Ejercicio práctico.

1- Un trabajo individual. En el momento del día de más calma para cada uno, tomen un cuaderno y un lápiz.

2- Es el momento de ponerse en oración. Serenar el corazón y pensar: ¿Qué cosas son las que mí cónyuge me tiene que perdonar?, ¿En qué le he fallado o le estoy fallando? ¿Qué cosas soy consciente que necesito recibir el perdón? Muy importante: Es el momento en el que “me pongo en el lugar de…” Hago consciencia de mis errores y defectos y son los que molestan o dañan la vida matrimonial y familiar.

Nota: Poner por escrito todo lo que se me viene a la mente. Todo lo que humildemente veo que necesito pedir perdón. Esto es importante hacerlo durante varios días. Dejar de lado cuando se nos cruce por la cabeza “las ofensas recibidas”. Primero hay que reconocer los propios pecados, las deudas con mi cónyuge.

3- Después de varios días de hacer el ejercicio anterior, pensar y escribir igual cómo lo hicimos anteriormente las cosas que veo de mí cónyuge y tengo que perdonar. También aquí escribirlas con la mayor caridad y respeto posible, no condenando, dejando la puerta abierta para el arrepentimiento.

4- En un día establecido antes de la Navidad tomarse un tiempo, que sea lo más largo posible para poner en común lo rezado y escrito durante este tiempo. Si lo hacen bien, el fruto puede ser muy grande: El pesebre para la Navidad estará preparado. Allí todo está dispuesto para que el Salvador, fuente del perdón, pueda nacer y hacer nuevas todas las cosas.

5- Se busca juntos un acuerdo para evitar en adelante aquello que hiere o molesta al cónyuge. También es el momento en que se materializa el perdón en la renovación del amor reconociendo a Dios como su fuente. Puede surgir un propósito para que sea revisado periódicamente. Cada matrimonio encontrará lo que mejor se adapte para su crecimiento.

Algunas pautas para saber si estamos haciendo bien el ejercicio

  1. Miro mis pecado antes de los de mi cónyuge.

  2. En el momento de pensar aquello que tengo que perdonar de mi cónyuge lo hago con respeto y compasión.

  3. No dejo de lado nada, por más doloroso que sea.

  4. Al momento de dialogar: Se evitan las discusiones, se renuncia a la actitud de justificarse, se da la oportunidad al cónyuge de que explique alguna situación, y muy importante: SE CREE EN EL OTRO.

  5. No hay apuros, esto no se hace por compromiso o por conformar al otro, es un deseo y un encuentro buscado y querido.

  6. Se crece en la convicción de que éste es el camino por el que se crece en el amor.

Conclusión

Los cónyuges cristianos no pueden vivir una “navidad pagana”, sólo de cosas exteriores que no tienen significado porque están vacías, porque se ha excluido a la “Fuente” de lo celebrado.

“Algo Nuevo” tiene que nacer en el hogar. Un paso de crecimiento, un encuentro más profundo.fel

Que en el día de navidad al desearse ¡Feliz Navidad! sea decirse mutuamente: “CRISTO SÍ NACE EN NUESTRAS VIDAS” por el camino del perdón.

Pbro. Daniel Varayoud

Baltimore 2914

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