Promesas Matrimoniales

Promesas Matrimoniales

Yo, NN, te recibo a ti, NN, como esposa/a y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.

La forma litúrgica de las promesas matrimoniales tiene una gran riqueza en una formulación muy breve.

Es necesario analizar su contenido para extraer su riqueza. Para esto tomaremos cada parte de la misma para comprender un poco más su profundidad. No pretendo agotar toda su riqueza, sólo ofrecer pautas para una reflexión más profunda.

Primero: “Yo NN, te recibo a ti, como esposa/o…

El matrimonio se inicia con la decisión libre y consciente entre un varón y una mujer con la firme intención de entregarse recíprocamente el uno al otro y para toda la vida.

Recibir al otro como un don y ser recibido de la misma manera, no como “algo” sino como alguien que se ama y con quién se construirá un proyecto de vida en común.

Esta recepción del otro se comprende desde el concepto de reciprocidad. Ambos con la totalidad e individualidad de su ser están llamados a darse y recibirse mutuamente y llamados a ser “una sola carne. Ver la pareja desde la perspectiva de la reciprocidad enriquece fundamentalmente la relación. Lo que no significa una mera transacción: tú me das yo te doy.

Dice Martha Beato:La verdadera reciprocidad se basa en la generosidad, es la capacidad de aportar en la relación de forma generosa, cálida y gratificante. Pero es esencial que los dos en la pareja mantengan esta actitud.

La reciprocidad se expresa cuando dos personas maduras deciden construir un proyecto de la relación en común y en este proyecto cada uno aporta de forma generosa las cosas que puede aportar, que son diferentes, pero todas son necesarias…”

Uno recibe al otro en totalidad, pero también se da y es recibido en su totalidad. Dos historias que a partir del consentimiento que genera el vínculo conyugal, será una sola e inédita historia; dos mundos que a partir de allí será uno solo.

Segundo: “…y me entrego a ti…

El momento donde se expresa la plena libertad para entregarse al otro/a sin reservas, sin “peros”. Es la entrega que hace verdaderamente libres en el amor a cada uno de los cónyuges.

Nos dice el Papa en AMORIS LÆTITIA:

El valor de la unión de los cuerpos está expresado en las palabras del consentimiento, donde se aceptaron y se entregaron el uno al otro para compartir toda la vida. AL 74

Porque ese amor fuerte, derramado por el Espíritu Santo, es reflejo de la Alianza inquebrantable entre Cristo y la humanidad que culminó en la entrega hasta el fin, en la cruz: «El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. AL 120

Pero «prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada» AL 124

Tercero: “…y prometo serte fiel…

Porque el matrimonio está regulado por el derecho canónico vale la pena aclarar el término “prometo”.

Dentro del ámbito del Derecho se entiende promesa como un contrato de unidad a través del cual las dos partes que intervienen en él, se obligan a cumplir una condición determinada la unión en el transcurso del tiempo. En el matrimonio no hay plazo, es para toda la vida.

El contenido o la otra condición de las promesas es la “fidelidad”. Frecuentemente se confunde “fidelidad” con “aguante”. Aguantar es propio de aquello que soporta un peso, una pared, una columna. La fidelidad supone algo mucho más grande: crear en cada uno de los momentos de la vida lo que un día se prometieron. Supone un “gran espíritu que se mantenga fiel a lo prometido, aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que cada uno pueda tener en un determinado momento de la vida”.

Dice el Papa Francisco: “El honor de la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se puede comprar ni vender. No se puede imponer con la fuerza, pero tampoco custodiar sin sacrificio”.

Cuarto: “en la prosperidad y en la adversidad…

Una pequeña mirada al significado de ambas palabras.

Prosperidad: Desarrollo favorable de las cosas: “le deseo prosperidad en su nueva situación”. Curso favorable de las cosas; buena suerte o éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre.

Adversidad: Situación desgraciada en la que se encuentra una persona.

En el matrimonio la prosperidad se da en todos los ámbitos de la vida: salud, trabajo, bienestar, hijos, propiedades y todo aquello que hace llevadera la vida. Incluye la relación de los esposos que con perseverancia logran superar los obstáculos propios del matrimonio. Es un estado que permite transitar los días, aunque no sin problemas, pero con relajada comodidad.

En cambio, la adversidad, que de alguna forma siempre se presenta en la vida matrimonial, puede sumergir a los cónyuges en una profunda tristeza y en un “sin sentido” de la vida que muchas veces pone en riesgo al matrimonio.

Sin embargo, la promesa matrimonial supone hacerse cargo de los dos polos siempre presentes en la vida. Nadie puede contraer matrimonio solo para los momentos favorables. Es necesario asumir el riesgo de la adversidad y perseverar en la opción de vida.

Quinto: en la salud y en la enfermedad…

Un hombre de 80 años llego a emergencia para que le suturaran una pequeña herida.

Se notaba nervioso y pidió el favor que lo atendieran lo más rápido posible.

A cada momento miraba su reloj como si fuese a perder su último vuelo.

Al mirarlo impaciente el doctor lo llamó para atenderlo y le cuestionó:

– ¿Qué pasa hombre?, la herida no tiene mucha importancia, no se preocupe…

¿Tiene usted otra consulta?

– No, le respondió el anciano… “pero tengo que ir al geriátrico para desayunar con mi esposa”

¿Y qué le pasa, tiene alguna enfermedad? Preguntó el doctor.

El anciano dijo: “Hace tiempo que está allí, porque padece Alzheimer… Fíjese, desde hace dos años ya no me reconoce, ni siquiera sabe quién soy”

El doctor le dijo: “¿Y usted sigue yendo cada mañana, aunque ni siquiera lo conoce… y ni sepa que usted es su marido?”.

El anciano sonrió y le contesto: “Es verdad, ella no sabe quién soy, pero yo sé quién es ella y la amo”.

Al doctor se le erizó la piel, tuvo que contener sus lágrimas mientras el señor se iba, y pensó: “Este es el tipo de amor con el que he soñado toda mi vida”.

-.-.-.-

El amor verdadero no es físico ni romántico. El amor verdadero es la aceptación de todo lo que es, ha sido, será, y no será en la vida.

Todo parece más fácil cuando gozamos de salud y cada uno puede resolver sus problemas autónomamente. Sin embargo, los problemas de salud suelen aparecer, sobre todo en la etapa de la ancianidad, aunque en etapas anteriores pueden los matrimonios encontrarse con enfermedades que pueden no ser sólo físicas. Es aquí cuando el amor se hace entrega generosa frente a quien padece lo inesperado.

La promesa de ser fiel en esas circunstancias no es una situación fácil de vivir, pero, es en ese momento en el que se expresa la profundidad del amor conyugal.

Sexto: “Amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

El amor es un gran sentimiento que mueve a las personas a compartir la vida con alguien. En el matrimonio el amor es notablemente distinto a cualquier otro amor porque este llamado a una unión muy profunda y particular “serán una sola carne…” Es una realidad que se construye desde cada día y hasta el final de los días. No se vive esta promesa si cada día los cónyuges no ejercitan este amor con paciente generosidad.

Santo Tomás decía que: “después del amor a Dios, el amor conyugal es la máxima amistad”. La amistad en el matrimonio expresa acabadamente el amor, por el que la relación basada en esta vivencia, se hace exclusiva y supera cualquier otro amor y amistad.

El respeto es la valoración de la diferencia del otro miembro de la pareja. Es la capacidad de admiración del tú. De no tener en cuenta las diferencias de cada uno puede transformarse en un amor “posesivo” o “dependiente”.

La falta de respeto en la vida conyugal genera relaciones tóxicas que minan las bases del matrimonio. Y es el camino más seguro al fracaso y la frustración.

El respeto al cónyuge es una actitud que parte de la valoración del otro, con sus defectos incluidos, pero que, con la esperanza y la misericordia, juntos van construyendo la vida conyugal.

Estos dos elementos esenciales, amor y respeto, son un compromiso de toda la vida. Nada se construye de un día para el otro, nadie puede pedir que el tiempo acelere su ritmo. Lo que los cónyuges quieren vivir mañana comienza desde hoy, y la plenitud de esta entrega se cosechará junto a la Fuente del Amor, nuestro Padre Celestial.

Conclusión

Podemos concluir estas consideraciones con un magnífico texto del Papa Francisco en Amoris Laetitia N 73

«El don recíproco constitutivo del matrimonio sacramental arraiga en la gracia del bautismo, que establece la alianza fundamental de toda persona con Cristo en la Iglesia. En la acogida mutua, y con la gracia de Cristo, los novios se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, en su nombre y frente a la Iglesia” … El matrimonio cristiano es un signo que no sólo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la Alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos. Al unirse ellos en una sola carne, representan el desposorio del Hijo de Dios con la naturaleza humana. Por eso «en las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero».

P. Daniel Varayoud

Miami, Agosto 2017

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